Siempre que una persona residente de la vivienda tutelada nos plantea una actividad que quiere realizar, los profesionales caemos en el error de hacer una valoración subjetiva sobre la demanda de la persona, no validando sus necesidades. Ponemos en valor nuestras creencias (por ejemplo, esa actividad es buena o no lo es para él o ella, no va a ser capaz o va a ser capaz de realizarla, es peligroso o peligrosa que la lleve a cabo…). Estos pensamientos nos llevan a limitar la autodeterminación de las personas a las que acompañamos en el día a día, y nos hacen tomar decisiones
autoritarias (negando la posibilidad de que la persona lleve a cabo su demanda) poniendo en primer lugar la seguridad de la persona con discapacidad intelectual, en vez de anteponer sus necesidades y ver si esa actividad que nos ha pedido puede llevarla a cabo con los apoyos necesarios y que desde nuestro recurso podemos ofrecer.


Trabajar siempre en medidas preventivas para garantizar que a la persona con discapacidad intelectual no le pueda ocurrir nada desagradable, limita el que pueda vivir experiencias positivas y que a su vez éstas impacten en su calidad de vida.


Es importante que cada residente sienta que elige llevar a cabo actividades basadas en sus gustos y preferencias, como hacemos el resto de personas de la sociedad.

A continuación, vamos a contar la experiencia concreta con una residente de la vivienda, que nos demandó realizar una actividad.


Lo primero que hicimos fue mirar a nuestro alrededor y ver nuestras fortalezas como
entidad y las fortalezas de la persona con discapacidad intelectual:

  1. Como entidad:
    ● Equipo implicado, con ganas reales de mejorar la vida de las personas que
    viven en nuestro recurso.
    ● Conocimiento de la persona. Conocemos bien a las personas residentes.
    Sabemos qué competencias tienen, su nivel de autonomía y las áreas donde
    tienen más dependencia. Este conocimiento nos permite ajustar los apoyos
    necesarios que la persona puede necesitar a la hora de realizar ciertas
    actividades más complejas.
    ● Recursos humanos, materiales y económicos. Somos una entidad que apuesta
    por la calidad de vida de las personas a las que acompañamos, y ponemos el máximo nivel de recursos para apoyarles en el día a día.
    ● Profesionales formados en el modelo AICP (Apoyo integral centrado en
    la persona). Todo el equipo comparte este modelo de atención y de
    apoyo. La relación y mirada hacia cada residente es horizontal,
    compartiendo responsabilidades en las cosas que les van sucediendo
    en el día a día. Potenciamos su autonomía, su autodeterminación, y
    aunque no dejamos de lado sus cuidados, nos convertimos en figuras
    facilitadoras que trabajan por apoyar el proyecto de vida de cada uno de
    ellos.
  2. Como persona residente:

● Poner en valor sus fortalezas como persona, en vez de poner el foco en sus
dificultades. Los apoyos cambian completamente cuando la mirada es dirigida
hacia las competencias que tiene la persona, en vez de a sus limitaciones.

● Las personas con discapacidad intelectual también tienen derecho a
equivocarse, a que les pasen cosas no tan positivas. No perdemos el valor de
nuestra responsabilidad en el cuidado de la persona, y en garantizar su
integridad y dignidad, pero estamos convencidos de que todas las personas
asumimos riesgos en las actividades que hacemos que nos proporcionan
bienestar, y que nuestro trabajo tiene que ir dirigido a poner los apoyos
necesarios para que las personas con discapacidad intelectual puedan realizar
las actividades que a ellos les gustan.
Trabajar desde esta posición permite dotar a las personas con discapacidad
intelectual también de responsabilidades ante las decisiones, conductas y
situaciones que viven. Intentamos trabajar con ellos que son ciudadanos y
ciudadanas con derechos y responsabilidades. Esto permite que la persona
adquiera aprendizajes basados en la experiencia. Experiencias que van
formando su identidad como persona, su autonomía, y un conocimiento más
consciente sobre las necesidades de apoyo que tiene.

Confianza. Transmitimos confianza a la persona residente. En caso de que el
resultado vivido no haya sido positivo, valoramos con la persona qué ha podido
suceder. Vemos si los apoyos no han sido suficientes o no han estado bien
elaborados como equipo o si, por el contrario, la persona no ha podido
responder a las exigencias que la actividad requería. Los ajustes que se
puedan realizar para futuras actividades son vividos de manera natural,
compartidos con la persona y basados en la experiencia, y no en creencias del
equipo de profesionales.
Esta confianza se obtiene desde el trabajo que hemos hecho en el vínculo con
la persona, en el apoyo y cuidado a nivel emocional. Apoyo basado desde el
afecto, respeto y en utilizar herramientas de comunicación personales:
escucha activa, empatía, espacios individuales de atención; donde
demostramos a la persona que puede contar con nosotros y que nos
preocupamos por su bienestar.


Como ejemplo de buena práctica basada en este modelo de atención centrada en la persona.


La residente nos demanda acudir ella sola a pasar el día a otra ciudad diferente en la que reside.
Además de eso, nos verbaliza en qué condiciones quiere acudir:
-Quiere pasar el día en esa ciudad
-Quiere hacerlo sola, sin una supervisión permanente en el lugar por parte de ningún profesional. No quiere que nadie le lleve a dicha ciudad, quiere hacerlo en un medio de transporte como puede ser el autobús.
-Quiere tener la libertad de poder comer lo que ella quiera, y tener cierta capacidad
económica ese día para poder darse los caprichos que ella desee, dentro de sus posibilidades.
-Quiere vivir la experiencia acudiendo a dicha ciudad en verano, para poder disfrutar de las actividades comunitarias que tiene dicha ciudad: playa, buen tiempo…


Hay que tener en cuenta que la persona residente es una persona con una
discapacidad intelectual ligera, con un 65% de discapacidad, y por lo tanto, con dificultades en el área cognitiva y con 55 años, en una etapa de envejecimiento con el consiguiente deterioro a nivel físico y cognitivo, y que afecta, por lo tanto, a su nivel de autonomía.


Nuestro primer reto como equipo fue dejar de lado nuestras creencias
individuales y rechazar los pensamientos que nos llevan a solamente “cuidar” de la persona.


Estos pensamientos nos sitúan en todo momento en garantizar únicamente la seguridad de la persona, con el resultado final de que la persona no realice dicha actividad propuesta, ya que por el camino, pueden ocurrir una serie de circunstancias negativas para ella, debido a sus dificultades.


Pero no nos detenemos ahí. Nuestro objetivo es que la persona residente pueda disfrutar, con los apoyos adecuados, de una experiencia significativa para ella, que le proporcione calidad de vida y un impacto positivo en su bienestar emocional.


  1. Atendemos la petición de la residente.
    Validamos la actividad que la residente nos demanda. No la juzgamos basadas en nuestras creencias como profesionales. Le informamos que vamos a valorar su petición como equipo, y que compartiremos con ella los pasos que vayamos dando en dicho análisis.
  2. Profundizamos sobre la actividad
    Revisamos su historia de vida, su PAIC (Plan de atención individualizado) y toda la
    información registrada y recogida en la herramienta Amaia Cuida. Vimos si la actividad demandada representaba algo importante para ella. Basado también en nuestro conocimiento sobre ella, llegamos a la conclusión de que ir a esa ciudad en concreto era algo importante para ella. En el pasado, vivió en una ciudad próxima y pasó muchos momentos felices familiares en esta ciudad a la que quería acudir.
  3. Analizar si es posible hacer la actividad
    El análisis es muy sencillo. Si la actividad es positiva para la persona y además es
    posible realizarla con apoyos que estén al alcance de la entidad y de la persona,
    adelante. Es un análisis objetivo, donde el límite para poder llevar a cabo la actividad está en si dicha actividad, aunque sea con ciertos apoyos, pone en riesgo la dignidad de la persona, su integridad, o la de terceros. En este caso, aunque hubo factores de riesgo importantes a tener en cuenta, relacionados con la propia persona o con agentes y circunstancias externas, consideramos que con los apoyos proporcionados, la actividad era factible de que la persona la pudiera realizar.
  4. Análisis de los apoyos
    Comenzamos como equipo, a hacer un análisis de aquellos factores de riesgo que tiene la persona en función de su capacidad y de los “y si” que pueden sucederle durante la realización de la actividad.
    Por ejemplo: “y si se pierde en la ciudad”, “y si pierde el billete de bus de vuelta..”
    Este análisis debe ser riguroso, realista, y compartido por todo el equipo. La reflexión tiene que ser conjunta ya que cada persona analiza las cosas desde una perspectiva subjetiva basada en las experiencias personales y laborales que se hayan tenido previamente y ayuda a precisar los apoyos que la persona con discapacidad intelectual pueda tener.
  5. Organización de los apoyos
    Se establecieron los apoyos que se iban a proporcionar a la persona (materiales,
    económicos y humanos), teniendo en cuenta todo lo comentado en el punto anterior.
    Estos apoyos fueron validados por todo el equipo de atención del recurso y
    compartidos con la persona con discapacidad intelectual. Tuvieron que ser aceptados por la misma y se establecieron también con ella qué responsabilidad tenía en cada uno de los apoyos organizados.
    Todo el equipo de atención estuvo al tanto de qué apoyos iba a tener la persona, y la persona referente se encargó de hacer el seguimiento de los mismos, en los días previos a la realización de la actividad.
  6. Seguimiento de la actividad
    Fue muy importante el seguimiento el día de la actividad. El responsable del recurso de vivienda y la educadora de turno estuvieron disponibles para poder atender cualquier circunstancia que la persona pudo tener no prevista con anterioridad.
    Como equipo, tenemos claro siempre que hay que tener flexibilidad a la hora de
    ajustar los apoyos proporcionados durante la actividad, con el fin de que ésta sea un éxito, y la persona con discapacidad intelectual pueda disfrutarla.

Una vez se llevó a cabo la actividad, conseguimos una serie de objetivos muy
importantes que impactaron positivamente en la vida de nuestra residente:
Pero también es importante tener en cuenta, que a veces, aunque no fuera en este caso, la actividad puede no salir como estaba previsto.
Pero trabajando de esta manera, también se pueden sacar conclusiones positivas para el desarrollo de la persona.

  1. Siendo la actividad un éxito, como fue en el caso de dicha residente.
    • Mejora de la calidad de vida de la persona. Se produjo un mayor bienestar
      emocional en la residente, al haber podido realizar una actividad basada en sus gustos y preferencias, elegida por ella, y haciéndola de la manera que a ella quiso.
    • Mayor vínculo con la persona residente. Esta manera de trabajar con la persona, de enfocar los apoyos basados en sus necesidades individuales, potenció el vínculo entre profesional y persona residente. Se estableció una relación cada vez más, basada en la confianza, horizontal, donde la persona residente confía en el profesional; y donde el profesional no tiene que ejercer la autoridad. Una relación donde la comunicación cada vez es mejor entre la persona residente y profesional y donde existen espacios para “negociar” situaciones futuras. El o la profesional se va convirtiendo en una figura facilitadora de apoyos para la persona, y no solamente la cuida, si no que trabaja en su proyecto de vida.
    • Mayor autonomía y autodeterminación de la persona. La persona con
      discapacidad intelectual va eligiendo su camino, sus actividades. Potenciamos su identidad, sus capacidades y se va produciendo un desarrollo mayor en cubrir necesidades superiores a las básicas, repercutiendo en un proyecto de vida más vitalista, y más ambicioso.
  2. Siendo la actividad no exitosa, como puede ocurrir muchas veces.
    • Aprendizaje significativo basado en la experiencia. Los límites no son impuestos por el entorno, por los profesionales. Si no por “la propia vida”, como nos ocurre a todas las personas. La persona con discapacidad intelectual va ajustando de manera natural su identidad, la percepción de sus fortalezas y sus dificultades.
    • Ajuste de necesidades de apoyo. Tanto la persona con discapacidad intelectual como los profesionales, van a poder ir ajustando las necesidades de apoyo cada vez más individualizadas y centradas en la persona, y van a poder trabajar en proporcionar apoyos en la realización de otras actividades futuras, de mejor manera.
    • Responsabilidad compartida. La responsabilidad de que las cosas no salgan bien no es ya siempre del entorno familiar y/o de los profesionales. Las personas con discapacidad intelectual siempre han estado en un rol pasivo donde todas las cosas que les han ocurrido, han sido producto de decisiones de otros.

Theresa Morrison

Owner of Yellow Bird

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